Fiesta Litúrgica (2023)

Homilía del Padre Abad, Dom Juan José Domingo
en la celebración eucarística del 27 de abril de 2023

Queridos hermanos de comunidad y hermanos todos que participáis en esta celebración:

El día de hoy es una fecha muy especial en el calendario litúrgico de este monasterio. Estamos celebrando la fiesta de nuestro hermano san Rafael Arnaiz. Y en nuestra Orden y en tantos lugares se celebra hoy su memoria con gran gozo.

Cuántas veces a lo largo de la jornada monástica viene a mi mente que nuestro hermano san Rafael, vivió la vida monástica cisterciense y se santificó, llegando a la más alta entrega de sí mismo por amor a Jesucristo, en este mismo lugar que hoy nosotros habitamos: la misma iglesia, con su mismo retablo, la misma sillería de coro, los mismos claustros, la misma sala capitular, el mismo lugar del refectorio, la enfermería con su galería, pasamos continuamente por donde pasaba un gran santo.

El mismo ritmo monástico con la alternancia de oración, trabajo y lectio divina en nuestro horario monástico, San Rafael escuchó las mismas campanas que a nosotros nos llaman hoy cotidianamente a la oración. ¿Cuál fue el secreto de San Rafael para santificarse en este lugar y en aquí encontrar a Dios, llegando a las cumbres más altas de la santidad como uno de los grandes místicos del siglo XX y de la vida de la Iglesia? ¿Cuál es su secreto de la trapa?

Como hemos escuchado en la lectura tomada de la carta a los Filipenses, Rafael lo consideró toda pérdida a causa de Cristo. Todo lo de este mundo lo consideraba pérdida si lo comparaba con lo que para él era lo más excelente, lo más valioso, lo que verdaderamente da vida: el conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Podemos aplicar con toda verdad al Hermano Rafael lo que San Pablo contaba de su propia experiencia: por Cristo lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo. Esta fue la búsqueda enamorada de San Rafael y el objeto de su entrega.

Porque, ante todo, nuestro hermano San Rafael deseaba ardientemente conocer a Jesús y la fuerza de su resurrección, que especialmente estamos celebramos en la liturgia de este tiempo pascual. Pero no solamente esto, sino que nuestro hermano entró en un misterio de comunión y participación con los padecimientos de Cristo. Muriendo cada día a sí mismo en esta Trapa para vivir la vida de Dios. ¡Cómo supo nuestro joven hermano Rafael, un principiante en la vida monástica, aprovechar las diversas situaciones, que tantas veces nosotros dejamos perder, para conocer a Cristo y entregarse a Él!

Los fieles cristianos que vivimos la vida bautismal, y los monjes que lo hacemos con una especial dedicación a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos siguiendo el camino cisterciense, nos sobrecogemos al ver cómo en el Hermano Rafael se hizo realidad lo que nos enseña san Pablo. El seguimiento de Cristo en la vida de San Rafael era una verdad auténtica, sin recovecos, sin excusas, sin mirada hacia atrás o hacia los lados, una entrega a Dios plena, definitiva y sin reservas.

San Rafael pasaba la vida buscando solo una cosa, olvidándose de todo lo que deja atrás, y todo era todo, hasta la más mínima ilusión y deseo humano de realización personal, viviendo en la trapa como un oblato enfermo, que nunca tendría protagonismo en la vida de la comunidad, el último de todos, después del último novicio que ingresase. Solamente buscaba una cosa: corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

¿Cuál será el secreto de Rafel? Nos lo dice el evangelio que acabamos de escuchar.

Venid a mí… porque yo os aliviaré… Venid a mí y encontrareis descanso para vuestras almas. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.

A la lista de los cansados y agobiados, que necesitan aliviarse de su carga, nos apuntamos todos rápida y fácilmente. Pero cuando se trata de cargar con el yugo del Señor, más poco a poco.
El secreto de San Rafael está en que escucho la voz del Señor, dijo sí, y vivió en consecuencia: cargó con el yugo suave de Jesús viviendo en la mansedumbre y humildad de corazón.

La soberbia de la vida, la complicación y la actitud altiva en el modo de vivir nos lleva al desaprovechamiento de la gracia que cada día Dios nos da. En cambio, si escogemos el camino de la Cruz, sobre todo a través de la humildad y de las humillaciones, nuestra vida se transforma, se llena de sentido, aprendemos a descubrir el verdadero valor de la existencia, del acontecer de cada día, de todos y todo cuanto nos rodea. Se construye por gracia en nosotros el edificio espiritual y edificamos la comunidad. Aprendemos a poner amor y una palabra amable, que enriquece a todos y es constructiva, positiva, con una mirada de esperanza.

¡Qué grande fue la humildad de Rafael, qué sincero su abrazarse a la cruz en toda circunstancia, en todo momento y ocasión! ¡Qué mirada más profunda y auténtica de sí mismo, de la Trapa y del mundo! ¡Cuánto y qué velozmente aprendió, qué discípulo tan aventajado en la ciencia de la Ciencia de la Cruz!

Nosotros, tantas veces, pobrecitos heridos y autoengañados, no sabemos interpretar la vida con la clave de Dios, no sabemos escuchar su voz como él, aunque quisiéramos hacerlo. No estamos dispuestos a vivir, sin protestar, las pruebas de la vida, las humillaciones, la enfermedad o cualquier dificultad. Nos falta aprender a descubrir el sentido espiritual de todo cuanto acontece. Queremos triunfar nosotros y, sin embargo, tenemos que dejar triunfar a Cristo en nosotros. No nos damos cuenta de que, en realidad, ganamos cuando lo estimamos todo pérdida prefiriendo al Señor. Queremos autorrealizarnos, ser algo y tener algo, aunque sea pisando a los demás. Olvidándonos del gran tesoro que tenemos en nosotros, la presencia de Dios transformante y vivificadora a través de la oración, los sacramentos y la Palabra. Cuánto tiempo perdido por ignorancia espiritual, cuántas energías gastadas inútilmente, olvidando lo que vale de veras.

Descubrir el secreto de Rafael, coincide con conocer la clave de la vida cristiana y vivir de un modo efectivo según esta clave: acoger la cruz de Cristo por el camino de la humildad, es decir, vivir en un camino de santidad. Quizá nos parece demasiado comprometido, arriesgado, difícil, pero Rafael nos dice que no, que es posible alcanzar la verdadera dicha y felicidad. San Rafael nos lo dice en sus escritos: “El camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo; más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas; A medida que nos vamos desprendiendo de tanto amor desordenado a las criaturas, a nosotros mismos…, nos vamos acercando más y más al único amor… a la verdadera santidad que es Dios.

Pidamos en esta eucaristía vivir en el amor a Dios y en un amor ordenado. Solo Dios en el centro de nuestra existencia y de nuestros anhelos.

Así nos lo enseña San Rafael: Solo Dios llena el alma y la llena toda.