Fiesta Litúrgica (2025)

27 de abril de 2025 – II Domingo de Pascua

Queridos hermanos:

Recién iniciado el tiempo pascual, estamos celebrando la eucaristía el II Domingo de Pascua, llamado de la Divina Misericordia, dentro de la octava. El gozo y la exultación pascual, como en un sólo día, se prolongan a lo largo de estos ocho días, porque la liturgia de la Iglesia entiende que todo lo que se haga es poco para que nosotros celebremos y asimilemos convenientemente el gran misterio del paso del Señor de la muerte a la vida, acontecimiento decisivo que ha cambiado para siempre la historia de la humanidad dándole un sentido nuevo e insospechado.

Jesús resucitado nos muestra el amor misericordioso de Dios. Del costado de Cristo traspasado brotó sangre y agua, y esta herida glorificada es la fuente del amor y de la misericordia divina. Cuando decimos que Dios es misericordioso estamos diciendo que es fuente de vida, que su amor misericordioso nos regenera y nos enseña el camino de la vida restaurándonos interiormente. La fidelidad de Dios hacia nosotros se muestra mediante su divina misericordia que sale al encuentro de cada persona, que busca y ama hasta el extremo de entregarse hasta la muerte en la Persona del Hijo Jesucristo.

Jesús quiere que nos adentremos en el camino de la fe, que venzamos toda duda, todo miedo que no nos permita avanzar y aceptemos al Señor resucitado como el centro de nuestra existencia. Nos dice el Señor a cada uno: “Estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos”, como hemos escuchado en la segunda lectura tomada del libro del Apocalipsis.

El apóstol Tomás, buscaba la seguridad que pueda dar la percepción de los sentidos corporales, quería gozar de la misma experiencia sensible de ver a Cristo resucitado en sus apariciones a los apóstoles y se resistía a creer simplemente de oídas cuando sus compañeros habían tenido la ocasión de ver a Cristo Resucitado en persona, si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré. No tanto porque Tomás fuese un pragmático, sino porque era tan maravillosa la noticia y tan inesperada que no cabía en su cabeza, que no tenía capacidad de asimilarla. Con gran osadía pedía una señal, que en su inmensa misericordia el mismo Señor le ofreció, apareciéndose de nuevo a los doce. La palabra del Señor fue más que suficiente para que Tomás llegara a expresar su fe, y el amor del Señor transformó su mente y corazón: ¡Señor mío y Dios mío!

San Rafael Arnaiz, a quien recordamos hoy de un modo especial, en sus escritos, nos deja un testimonio de fe inquebrantable ante toda circunstancia, por difícil que se presentase, y nos enseña este camino de la fe que nos lleva a reconocer plenamente a
Jesús como nuestro Señor y nuestro Dios. Como él dice: ¡Si tuviéramos fe!, Ten fe y confía. Todo consiste en esperar y esperar con fe. Solamente orar con fe y amor. Este es el secreto de su vida entregada a Dios, vivir de fe y abrazado a la cruz de Cristo.

Él experimentó como monje la dicha de palpar la misericordia del Señor en los aconteceres de su vida cotidiana, una misericordia divina, transformante, sanadora que conforta interiormente restaurándonos en lo más profundo. Y decía que todo es una gran misericordia de Dios, que en su vida no veía más que misericordias divinas. Que el monje es alegre y dichoso al palpar su misericordia y el amor de Jesús.

¡Cuántas lecciones de vida nos da San Rafael! ¡Ojalá podamos alcanzar a entrar en el misterio de la fe, como lo hizo San Rafael! Pidámoslo por su intercesión.

En este domingo II de Pascua de la divina misericordia, celebremos la eucaristía con unción y gozo espiritual porque es presencia viva y memorial. Es el momento privilegiado para que cada uno de nosotros, y toda la comunidad, se encuentre sacramentalmente con Jesús Resucitado. Él nos regala su paz, pone sobre la mesa su cuerpo vivo, nos llena de su Espíritu y no nos pide que seamos sus testigos en medio del mundo, de nuestras familias, de nuestra comunidad.

Felices los que sin ver han creído. Y más felices aun, los que creyendo transparentan en su vida a Jesús Resucitado, ellos son los auténticos bienaventurados.